Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia (Mt 5, 6)

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia (Mt 5, 6)

Chile enfrenta una grave crisis social y política de la que nadie se puede sustraer. No se trata solo de una tensión política entre sectores con visiones ideológicas distintas sino de algo que resulta más amplio y complejo, un quiebre de la confianza de la ciudadanía con el sistema de gobierno en su conjunto, con la clase política que debiera representar sus intereses y con el paradigma económico que ha regido al país durante años. La forma cómo esta crisis ha irrumpido en la agenda ha sido sorprendente aunque debemos reconocer que era predecible; la larga lista de escándalos, abusos y desigualdad socio económica ya no resistía más. En la apariencia de un país que progresaba hacia el desarrollo se escondían graves carencias.

¿Cómo puede la Iglesia contribuir al bien del País en las circunstancias actuales? La pregunta se dirige a toda la comunidad cristiana. Pastores y laicos, cada uno desde su identidad específica, tenemos el deber de involucrarnos activamente a procurar el bien de la Patria de la cual somos parte. El Evangelio que profesamos no nos permite desentendernos de los asuntos terrenos debido a una mal entendida misión espiritual. Como lo señala “Gaudium et Spes”: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1).

Se ha dicho “ya no basta con rezar” y es cierto. En esta hora el país requiere de un compromiso activo de la Iglesia y de cada uno de sus miembros. No podemos permanecer como espectadores pasivos. Pero ¿cuál es esa colaboración específica y original que solo la Iglesia puede ofrecer? Es preciso actuar con discernimiento. Para ello es vital que todo comience desde la oración: “Sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15,5) nos recuerda Jesús. Es fundamental que la comunidad se reúna en oración para buscar desde la escucha de la palabra aquel don que el mismo Señor nos pide ofrecer, aquello que solo la comunidad eclesial puede ofrecer a esta patria que tanto amamos.

Para quienes procuramos seguir las huellas de quien llamó “Bienaventurados a los que tienen hambre y sed de Justicia”, el anhelo que se ha manifestado en estos días nos debe movilizar para transformar esta crisis en oportunidad. Nadie puede restarse de esta urgente tarea. La fe que profesamos lejos de adormecernos en la promesa celestial nos remece para involucrarnos con mayor fuerza en la construcción de una ciudad o de un Estado, en griego “Polis”, que haga presente el Reinado de Dios.

Con todo, no debemos confundir la Iglesia con un movimiento político. Su misión y su aporte es de otro orden; ella está llamada a inspirar desde dentro con los valores y criterios que brotan desde Evangelio. Los Laicos tienen por misión específica insertarse en las realidades del mundo, como el fermento en medio de la masa. En la comunidad cristiana pueden y deben coexistir visiones distintas respecto de las estrategias y las formas concretas por las cuales se puede construir una sociedad más justa y fraterna. Es lo que la doctrina social de la Iglesia ha denominado como “autonomía de las cosas terrenas”, en donde las distintas opciones que brotan desde las ciencias humanas pueden y deben desplegar toda su riqueza y creatividad.

Y tal vez este sea precisamente uno de los aportes más necesarios que los cristianos podemos ofrecer en esta hora de tan duras confrontaciones. Es posible tener visiones políticas distintas y continuar como hermanos en Cristo. Es una manera de expresar la sana convicción de que nadie es dueño de la verdad absoluta y de que todos tienen algo que aportar. Necesitamos pasar de la protesta, en donde se expresa la justa indignación ante la injusticia, a la tarea ciertamente más compleja de encontrar la propuesta que puede construir un nuevo Chile, de modo que llegue a ser la Patria que cuida de todos sus hijos. Necesitamos pasar de la confrontación al diálogo y así a los acuerdos que fijen un nuevo pacto social para Chile.

La providencia nos regala este tiempo precioso que es el Mes de María. Nos confiamos a la Madre y Reina de esta Patria que tanto ha recibido de Ella. La humilde servidora del Señor que cantó alabanzas al Poderoso que derriba a los soberbios y enaltece a los humildes. Que Ella nos acompañe en esta delicada ruta de superar toda enemistad para así buscar en el diálogo los caminos de la paz y la fraternidad.

Dios les bendiga.

+ Galo Fernández Villaseca

Administrador Apostólico de Talca

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